luciferinas

 

qué tristeza morirme

sin haber visto todas las catedrales del mundo, pienso,

mientras una cerveza barata se calienta en la mesa

y todas las caras van tomando la forma del infierno

porque sólo hay tiempo para eso.

levanto los ojos del piso de damero que me come

y puede que sea la primera vez que las veo así, luciferinas.

no son el infierno, me digo,

son el reverso del brazo condenatorio de la luz.

tienen manos grandes como pinzas

porque están del otro lado del mar y lo saben todo.

tan grandes como para contener el hueco de ese bar infernal

y esperar a que pase la certeza de que nunca podré salir.

mientras ellas observan, hago pases de magia

para no ver las flores muertas que en realidad

son totales blancos; jazmines que yo veo grises.

el tiempo no es más que la existencia de la muerte

y pasa y ya no recuerdo.

sólo sé que el damero se achica

y una luciferina estira el brazo

y me dice vamos a la catedral.

me vuelve el cuerpo y no,

me resisto a que sean tan hermosas,

a que tengan el poder de salvarme.

salimos. el aire del mar llega de lejos y condena la tristeza.

ya son tuyas, me dice, poneles nombre para siempre.

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elegía de la ligereza

es una noche de verano fresca y amable. la ciudad se ve ancha, menos gris, como una invitación a una fiesta que no tiene horario. salimos a comer en la normalidad de nuestra clase y nuestros deseos, y callejeamos buscando una barra amiga en la que ya no importen tanto los juicios estéticos ni el pacto social.

nos bebemos el aire azul de la noche, convencidos de que todos y cada uno de los camareros están irremediablemente drogados; las pruebas son irrefutables, nos decimos. y nos damos cuenta de que hace rato nos hemos abandonado al juego, al baldío hermoso de las mamonadas compartidas. ninguno posteó en red social alguna nada de lo ocurrido hasta ese momento; curioso, destacamos. entonces, el mamoneo vira hacia ese lugar inescapable de la conversación en el que el lenguaje común de la virtualidad nos atraviesa a todos en la experiencia de este mundo y de esta vida blanca y occidental.

estamos en una mesa afuera, en la esquina, como en un cono de impunidad. así que levantamos cada vez más la voz y el debate se hace ígneo, estridente, categórico. casi como todo lo que hacemos juntos. y aunque conocemos muy bien nuestras historias, lo insondable de la percepción que tenemos de los otros siempre regala un nuevo margen hermenéutico en el que queda algo notable por descubrir, por integrar al cuadro. en las diferencias van llegando los consensos y, sin querer, todos estamos de acuerdo en un punto: hemos ido tapiando el salón de juegos (esboza M. con elegancia), hemos dejado -en mayor o menor medida- que la adustez de la seriedad censurara el mamoneo, la frivolidad, la ligereza (apunta N. con enorme precisión). que nos fuimos aburriendo, vamos. pero no en el sentido del spleen generacional de los hijos de la democracia y toda esa argumentación que viene muy bien para robar con novelitas breves y talleres literarios. no. aburrirse en un sentido de subjetividad, de construcción afectiva profunda. hemos dejado de jugar, decimos, porque fuimos depositando en la mirada de los otros una jerarquía sarpada de validaciones que se fueron haciendo adultas y serias, hipotecadas.

y, como es esperable, aparece Nietzsche en su caballo alado y dionisíaco, bebido, suelto de lengua, para oficiar de marco teórico parafraseado a nuestra conveniencia y genialidad -ambas indiscutibles a esta altura de la noche-, gritando que por ahí vamos bien, que el juego es la transvaloración más estructural y disruptiva porque pone todo patas arriba, salvando siempre el margen de la ligereza, y que no es euforia psicótica ni autoparodia siquiera; es libertad para la propia verdad, es vínculo.

entonces empieza a llover en el momento exacto en el que todo ha quedado servido, en el que hemos ordenado un fragmento del caos de la existencia en un bar de esa ciudad que ya es fiesta desde hace rato y que nos mira así, tan pagados de nosotros, tan satisfechos. alegres y melancólicos, porque entendemos mucho más de lo que se ha dicho y lo estamos guardando en ese rincón de cada uno al que no acceden más que los fantasmas y los recuerdos. y nos vamos así, bajo la lluvia, como niños, riendo en secreto por todos los juguetes que rompimos. y por todos los que nos quedan por romper.


la tragedia de Messi

cuántas veces nos hemos preguntado cómo es un pueblo, si existe una idiosincrasia, una especificidad cultural que sea resultado directo de habitar una misma tierra, hablar una misma lengua o compartir una parte de la historia. hemos aprendido con sangre que no hay respuesta posible para clausurar esa pregunta y entendimos que hay categorías a las que hay que dar muerte si realmente queremos usar la cabeza.

eso no quita que las manifestaciones culturales que construimos de manera colectiva no tengan rasgos que nos atraviesan en nuestros acontecimientos personales y comunitarios dando forma a un determinado lenguaje que, sin saber muy bien por qué, en algún momento de nuestra vida empezamos a entender, lo sentimos compartido, lo internalizamos como alfabeto tribal. pues bien, el fútbol pertenece a este tipo de construcción.

y el fútbol argentino tiene una característica que puede ser rastreada a lo largo de su historia como un patrón fácil de reconocer: queremos líderes. sí, queremos jugar bien, ser campeones del mundo, hacer los goles que pasarán a la historia, tener muchas anécdotas y bardos y vivezas inolvidables pero por sobre todo queremos una figura, un nombre, una historia personal potente y preferiblemente sórdida de la cual se desprendan todas las demás como si fuesen un coro griego construyendo una tragedia constante. el tema con este tipo de líder que clamamos al cielo es que en el fondo no es más que un resguardo emocional, un rincón desde el cual poder señalar al culpable, al victimario de nuestras ilusiones porque tiene nombre, historia, porque es el líder. pero muy pocas veces ocurre que en esa figura entronizada coincidan el talento con aquello que le exigimos: la personalidad, el carácter, los huevos; la locura del genio, en definitiva. Diego fue eso todo junto. un Aquiles para siempre, con su genialidad y sus hybris mezcladas en un loop que no se acabará nunca porque ya lo hemos convertido en leyenda.

pero Diego ya no está y Messi no es Diego. Messi no es Diego y parece que no terminamos de asumirlo, de darnos cuenta cuando juega con la selección. no es un líder, claramente. Mascherano tampoco  lo es, no es el líder que clamamos como receptáculo de todas nuestras aspiraciones épicas aunque tenga más carácter y cante el himno. y no lo va a ser porque no lo queremos a él como líder, lo queremos a Messi porque es el mejor jugador del mundo, gana balones de oro y millones de euros, lo dice el planeta, ¿cómo no va a ser lo que nosotros -los argentinos- queremos que sea si es nuestro, si nació acá? la frustración entonces es tan grande que no se puede ni empezar a explicar. es un dolor en el costado, una herida, una verdadera tragedia. pero nos olvidamos de que en las tragedias los primeros que caen son los héroes. y detrás de ellos queda el tendal de coristas y personajes heridos de muerte, derrotados, solos, porque la historia del héroe está cumplida y ha sido fatal.

quizás sea tiempo de empezar a entender algunos de esos rasgos que nos atraviesan comunitariamente y dejar de pensar según ciertas categorías a las que no terminamos de dar muerte. quizás sea hora de aislar emocionalmente la locura del genio y dejarla ser en su materialización genuina aunque no sea beligerante, potente, hermosa, excesiva. es posible que sea tiempo de crecer un poco, no del todo, pero lo suficiente como para ver que muy pocos genios han sido líderes de los suyos y han pasado a la historia por eso, que más bien ha sido al revés la mayoría de las veces. y que aún así nos han dado su genialidad, se la hemos extraído, fagocitado, apropiado para la tribu y, en ese acto, nos hemos hecho todos un poco extraordinarios. imaginemos por un segundo esa operatoria de humildad colectiva, esa autoconsciencia que permita ver lo que el otro realmente nos está dando, su forma particular de heroicidad, su parte de la tragedia en la que sí puede operar el destino para convertirnos a todos en vencedores.

más allá de lo que representa el fútbol, no sé exactamente cuáles son esos rasgos que nos unen en sus manifestaciones culturales y nos hacen llamarnos argentinos. puede que no sean más que deseos que de repente se vuelven comunes y se hacen fuertes y gritan. tampoco sé si Messi seguirá jugando con la selección y si eventualmente aparecerá el líder que clamamos. lo que es indiscutible es que ahí, delante de nuestros ojos, tenemos una tragedia, sí. pero también tenemos un héroe. y si lo dejamos caer porque no hay suficiente locura en su genialidad, entonces la fatalidad la estamos escribiendo entre todos.