Me hace acordar a Fiodor…

Dostoievsky tiene un cuento largo llamado Noches Blancas. De blancas esas noches tienen poco, la nieve casi no aparece y el frío no se nombra. Pero cuando cerrás el libro, se te ha metido en la piel una ventisca húmeda y extraña. Así nos recibió Pamplona y nos regaló unas Pascuas llenas de copos, gotas y sensaciones inquietantes. Los amigos, que siempre están, nos hicieron un lugar en su posada para hacernos sentir como peregrinos que, al final del día, llegan con su cansancio a un hogar cálido, acogedor, estimulante. Llegan como llegando a casa.
Pamplona es especial. Distinta y la misma. Esta vez fue blanca, recibiendo la Pasión y la Resurrección. Y recibiéndonos a nosotros para hacernos un poquito especiales con ella. Hay más bitácora de viaje en Fotos de idas y vueltas.

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