Stop Motion

Para poder animar objetos estáticos durante el lapso de un minuto se necesitan mil quinientas imágenes fijas. 1500. ¿Cuántas imágenes almacenará el ojo humano a lo largo de un día? Mejor dicho, ¿cuántas imágenes puede procesar la conciencia en veinticuatro horas? Si con ellas construimos el cuadro de nuestra realidad, los matices, los sabores diarios, las broncas contenidas y las escasas risas que dejamos vivir, pues se me hace que deben ser muchas.
La mía, mi conciencia digo, es asistemática y deschavetada. Funciona como una calesita de diapositivas discordantes que gritan simultáneamente sus nombres en todas las lenguas babélicas. Esquizofrénico procedimiento. Todas esas imágenes giran descontroladamente, punzando las sienes hasta justo antes de que salga la primera gotita de sangre. Psicopatean la existencia moviéndose tan rápido.
Por eso me quiero bajar un rato de la calesita. Me quiero bajar un rato de los teleoperadores, de la televisión, de los libros que no dicen nada. Sólo un ratito del cansancio, de la lluvia, de los seguros médicos mentirosos y capitalistas, de los terremotos.
Sacudirme al viento las ojeras, la ansiedad, el agobio de la posibilidad de una posibilidad, la culpa y la tristeza de que tenga que haber en el camino una asistencia para una vida nueva.
Parar la calesita un minuto, mil quinientas imágenes. Nada más.
(Para después volver a subirme y luchar a cada instante por agarrar la sortija que garantiza una vuelta gratis)
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Bla

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