Aguamiel

No entendía el por qué. Si miraba a su alrededor veía las cosas bañadas por una luz especial, como recién nacidas, renombradas. Como el despertar de Adán Buenosayres, lleno de sombras más definitorias que vagas.
Sentía dolorosamente cerca la soledad. Se resistía con la fuerza de sus mejores células. Pero aparentemente el torrente sanguíneo le jugaba malas pasadas.
No escuchaban ni comprendían. Se veía desde afuera como en una escena de Eliot, en la que el protagonista habla a borbotones sin que nadie entienda nada, como si los sonidos salieran de su boca en lengua sumeria o persa antiguo.
Quizás pedía demasiado. Cada uno tiene derecho a vivir sin prestar atención a lo que no le motiva. A cercenar (como los genitales de Cronos) la parte de la vida de otros que lo aburre o lo supera. Sí, ciertamente es así.
Pero no le alcanzaba. La rodeaba una música violeta, una mezcla entre vinagre y dulce de manzana. Un aire viciado y vicioso.
La razón no llega, aunque sea poética e intelectiva.
Sin embargo, había un breve momento en el que todo ese puzzle descolorido y asimétrico se desvanecía pronto, como el vapor de la respiración invernal. Cuando lo miraba, cuando los ojos verdelago de él descansaban en los suyos, todo se hacía añicos, todo explotaba como en el espacio exterior, sin velocidad.
Ahí sí hablaba castellano rioplatense hecho de palabras verdes y hojas de yerba mate. Ahí, en ese lugar -que es el lugar- sólo quedaba el dulce de manzana.
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Bla

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