Una furtiva lágrima

Con las despedidas me pasa algo similar que con el maquillaje. Fluctuamos en una relación nutrida de atracción-rechazo que finalmente me hace ceder a la evidencia de que en el fondo no era tan malo.
Cuando alguien querido se va parece que, por regla, debería asaltarnos la pesadumbre de un ausencia todavía no sentida, no procesada. Es decir, la tristeza adelantada de un futuro en el que esa persona va a seguir caminando muy lejos tuyo. En otras ocasiones lo percibí de esa manera, hoy es diferente.
Los que marchan hacia tierras americanas se van con las promesas y esperanzas de una vida renovada y fresca. Se van a construir sus historias sazonadas con las vivencias de aquellos que crucen sus caminos a partir de ahora. Y se llevan el sabor que les dejamos los que apuntalamos las tranqueras a lo largo de estos cortos años. Cuando cocinen ese pasticho al fuego del nuevo comienzo, eso sí que quedará de rechupete.
Me duele un poco el desarraigo pero no más que para llenar una sola lágrima. Sé que estarán bien, que son bendecidos. Sé que alguna vez yo también me iré dejando atrás mis manos y los buques sin quemar, abrazando de nuevo lo que una vez fue mío.
Todo sigue igual, pero distinto.
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