Dame esa navaja

Hace unos días se me acerca un alumno de esos que lee y me pregunta si vale la pena lo que sostiene en su mano izquierda. Habíamos hablado de las Bildungsroman un poco en clave de humor, como riéndonos de algo anacrónico pero interesante. Está en esa búsqueda, quiere, necesita escribir. Dice que tiene que construirse, que sabe de la existencia de ese proceso íntimo y colectivo a la vez. Y que de cara a lograr semejante objetivo entiende que tiene que leer mucho. Le digo, corazón, ¿qué te dan en tu casa? Me responde, mucha carne, mi vieja es una mujer proteica.

Intento observar a Ezequiel desde distintos lugares. A veces me concentro mucho y se nota que le presto una atención sospechosa. Me da igual. Me interesa cómo va configurando su narciso, cómo moldea su ego frente a los otros, frente a mí, frente a tipos como Cortázar. No recuerdo nada de ese proceso en mí. No al menos de cuando tenía esa edad. Pero presiento que a él le pasará lo mismo dentro de algunos años, que sólo recordará lo que leyó, lo que devoró con dientes recién estrenados que le permitieron masticar fuerte, casi lastimándose las encías. Me gusta Ezequiel. No es ni remotamente consciente del estímulo que genera a su alrededor. Será un writerstar, pongo la firma.

Mirar ese narciso work in progress me devuelve al mío; movimiento especular siempre que exista un otro. Y tengo una sensación clara, física, como erótica. Un toque triunfalista. Mi narciso sabe a estas alturas que puede morir y resucitar las veces que haga falta. Hemos acordado una suerte de autonomía redentora que por ahora nos viene funcionando bastante bien. Sé también que el deseo es efímero, temporal. Que la erótica del ego es contingente, al menos para mí. Y que los triunfos son pasajeros, como en el tango. Pero reconozco una construcción íntima hecha a fuerza de experiencia y palos y clavos y maniobras de resucitación. Y desde ahí cada partido es una final. El narciso vivo y muerto reiteradamente es la condición de posibilidad del triunfo. Ezequiel lo verá, estoy segura.

Por cierto, aquello que sostenía en la mano izquierda era Al filo de la navaja, del espía William Somerset Maugham. Librito que mi viejo me puso en la mesa de luz más o menos a la edad de Ezequiel, una suerte de Bildungsroman aristocrática y elegante que poco tiene que ver con la realidad y que por eso es fascinante. Años después supe que Anthony Burgess reconocía a William como una de sus grandes influencias y que llegaron a representarse en simultáneo más de cinco de sus obras en Londres, tipo presagio paranoico de industria cultural libremercadista. Pero a Ezequiel no le dije nada de todo esto. Que reconozca el filo de la navaja ya es bastante. Quizás le sirva para lacerar esas libras de narciso que a todos nos vienen sobrando.

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2 comentarios on “Dame esa navaja”

  1. Sos profunda e incisiva. Vas al punto. Demostrás. Ponés al lector en situación (como un jugador más).
    Me gusta.
    Sos limpia.
    Mostras.
    No hay trucos.
    Hay grandes momentos. Paisajes.
    Amé esta frase: “El narciso vivo y muerto reiteradamente es la condición de posibilidad del triunfo”.
    Te admiro.

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    • Melusina dice:

      Bella, no sé qué hacer con tantas palabras. ¿Gracias? No, suena a nada. Me gusta lo de “no hay trucos”. Como entre vos y yo. Me emociona lo que me decís. Y sí, soy limpita, me re baño (?) Besos amora.

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Bla

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