To my little girl

En los últimos días -y desde registros un tanto negativos- me llamaron niñata, infantil y pascaliana radical.

En general, los emisores tienen algo en común: se hicieron adultos hace tiempo y no pueden ni quieren reconocerlo. Presos de un dualismo bastante anacrónico, entienden que la oposición adulto/niño es insuperable y, por tanto, trágica. Esto es cierto en un punto. La tiranía biológica es irreductible, está bien. Pero la pisquis no lo es y eso está mejor. En este sentido, creerse que uno lanza un dardo de negatividad sobre el otro al referirse a su costado aniñado es seguir debatiéndose entre dos extremos cuya distancia está repleta de matices que te estás perdiendo. Y es no ver al otro, claro, es negar la posibilidad de que esa carga negativa esté neutralizada por el que la recibe. ¿Y quién queda en medio de todo esto? Tu niño/a. Ese al que mirás obsesivamente pero al que has abandonado, creyendo que su pequeña estatura no cabe en tu mundo de obligada adultez en el que ya no quedan juegos con los que puedas entretenerlo. La oposición, así, se reactualiza en tu mente, en tus ideas e imágenes y te eleva hacia los vientos de la frustración más amarga como prueba de que los años, los golpes y las heridas crean la norma indiscutible que te obliga a deshacerte de ese niño y detener así la dinámica opositora.

Y lo más bello es que todo esto es imposible. Son estructuras internas que no pueden materializarse por completo en lo fáctico porque en definitiva nunca superás el binomio que creés opuesto. Seguís mirando tus emociones (ligadas a la figura del niño) desde el pedestal de arena de la razón, para infligirles laceraciones quirúrgicas y correctas que domestiquen esos impulsos raros y entrometidos. Todo lo cual se desarrolla en un movimiento un tanto esquizoide: no soy ni quiero ser un adulto-tampoco soy ni quiero ser un niño-pero el tiempo pasa y debería crecer, entonces me deshago del niño y de sus emociones-pero eso me jode profundamente y me frustra pero lo hago igual. Cuando en realidad sos las dos cosas en un tiempo que nunca deja de ser, que solo deviene y que tiene previsto un espacio en el que quepan tus juegos y tus gafas cómodamente, -o mi animalario, mis lágrimas neuróticas y mis artículos académicos en inglés-.

“Así surge el Niño como la figura de una subjetividad que se trasforma, una co-implicancia creativa del cuerpo y la razón, o mejor, la corporalidad que inventa infinitos sentidos lúdicos a esa razón. Además, el niño se sale del anquilosamiento del imperio y la determinación de la norma, puesto que libera potencias desestructurantes en el tiempo y desempeña la actividad lúdica como forma de libertad. Es decir, transvalora, creando nuevas reglas de juego en cada impulso vital que es trágico a la vez. No conozco ningún otro modo de tratar con tareas grandes que el juego: éste es, como indicio de la grandeza, un presupuesto esencial”.

En fin. Sostengo que si la gente leyera más a Zambrano y a Nietzsche me ahorraría horas de charla y explicaciones del tipo autojustificativas y de otros tipos, porque sin dudas sería mucho más fácil que entiendan por qué determinados “insultos” no dan fruto conmigo. Y por qué otros harían florecer un cerezo entero.

Little girl blue -Janis Joplin

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