Cumpleaños

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-Hoy es un día eterno-, pensó Malena frente al espejo, como se piensa cuando se trata de entender el imperio romano o la construcción de una catedral. La incomprensión de la posibilidad hace que todo pese mucho. Malena es una mujer coqueta. Se arregla con esmero, se detiene en los detalles, está convencida de que, sin un sentido estético, la vida no vale tanto ser mirada. Hoy es imperativo que ese esmero sea mayor. Necesita de todos sus recursos para afrontar el día y sentirse linda es uno de ellos, es su bastón narcisista.
Las mujeres saben que están particularmente guapas cuando pasan dos cosas: cuando en la calle las miran mucho otras mujeres y cuando, en situaciones de cierta aglomeración humana, la gente les hace lugar para que pasen. Son instancias imperceptibles, de una duración ínfima pero muy concreta. Ambas manifiestan una reacción ante el poder de un mensaje estético. Es casi como una reverencia involuntaria; la prueba de que el capital erótico existe y tiene siempre algo que decir.
Malena no es guapa, es atractiva. Esa categoría benevolente en la que cabe todo: el cuerpo, la mirada, los gestos, la manera de caminar, la ropa. La voz y la actitud terminan de dar forma a ese objeto de deseo en el que nos convertimos cuando somos mirados. Muchos agradecen la existencia de esa categoría como una suerte de dispositivo justiciero que equilibra un poco el reparto de riquezas.
Malena sabe que, en la explotación sabia de sus propios recursos, Madre tiene mucho que ver. No por haber hecho una pedagogía de ello, sino por el simple hecho de verla vivir. En realidad, Malena sabe muy bien que gran parte de lo que es se lo debe a Madre, es su primer gran espejo, su punto de referencia a pesar de ella, de ambas, a pesar de todo.
Malena vive a veinte minutos de su antigua casa, lo que provoca que se haya convertido en una prestidigitadora de excusas cuando de no ir a ver a Madre se trata. Es una experta en inventar historias y trabajar la verosimilitud, podría hacer un taller de coaching sobre eso. Y está convencida, por supuesto, de que Madre le cree todo. Como hoy.
El cumpleaños de Padre es inminente y tiene que pasar a verla para organizar la fiesta. Le dijo que tiene una hora solamente, que la tarde es una locura, que encabeza una reunión en el trabajo y sin ella no pueden empezar, que el viaje. Llorar la lágrima de la aceleración, su especialidad. Claro que en realidad tiene casi toda la tarde libre. A la reunión no piensa ir, sabe que todos van a desertar por lluvia o tránsito, tiene que leer pero solo puede hacerlo bien de noche así que no califica como ocupación diurna, limpiaría un poco el departamento pero no, piensa convivir hasta el sábado con esa mugre que todavía está en fase tolerable. En fin. Podría quedarse con Madre la tarde entera; cebarle mates, contarle cosas chiquitas, microrelatos de su vida, preguntarle cómo va con sus cursos, si salió con ese tipo que la mira con la misma cantidad de lascivia que de ternura. Pero hoy no. Hoy será como siempre. Mantendrán un grado de cordialidad filial aceptable, hablarán de la salud de Padre, de cómo necesita llamar su atención porque todavía está enamorado de ella, de que ella ya pasó por todo y no quiere nada. Harán listas, planes imposibles de cumplir, tomarán café fuerte y Malena saldrá expulsada por la premura de su tarde en colapso, saludando a Madre desde la puerta, con la mano, evadiendo el beso y el contacto.
-Mamá, abrime, soy yo-.
-Voy hija, dame un segundo que estoy hablando con tu padre-.
Malena piensa en las ruinas circulares. Esa imagen que tan bien representa su pasado familiar y a veces un atisbo de futuro. La repetición de las situaciones que giran sobre sí mismas como testigos de una historia rota pero no condenada. Lo circular le da esperanza, Malena es voluntariosa.
-¿Qué dice papá? No, dejá. No me contestes. ¿Hay café hecho?-.
-Sí, hija. Como siempre que me decís que venís. ¿Te quedás un rato, no?-.
-Mami, ya te dije. Tengo una reunión, tengo que leer, tengo que limpiar el departamento antes de que empiece a ponerle nombre a las pelusas. Seamos prácticas. Trae el cuaderno y empecemos a hacer la lista de las cosas que hay que comprar, los invitados, todo. La torta la hago yo, obvio. Y con chocolate, que a papá le encanta. Como a vos no te gusta, no la comés y listo-.
-Pero si la vas a hacer, hacela. No compres la cajita esa para hacer el bizcochuelo y me obligues a mentir cuando la gente me pregunte si es verdad que la torta la hizo mi hija. Yo te cubro igual, ¿eh? Pero avisame-.
-A ver, si vas a mentir de todos modos, ¿en qué te cambia saber si el bizcochuelo lo hice yo o no? No te doy esa información y listo. Para qué mentir-.
-Ay, hija, qué mal te hizo la Universidad Católica. Todavía no entiendo muy bien por qué elegiste estudiar ahí. La mentira siempre es útil. De hecho, hay pocas cosas más utilitarias que la mentira. Lo que ocurre es que, como todas las cosas interesantes de esta vida, la mentira exige cierta elegancia y en eso, mi vida, la herencia no te ha favorecido mucho.-
En Malena se empieza a activar ese dispositivo doble que conoce muy bien. Por un lado, se autoimpone una anestesia ante los dardos maternos pero, por otro, no puede evitar que cada uno de ellos la friccione sacándole pequeñas chispitas como si las palabras fueran una soldadora vieja que todavía funciona bajo presión.
-Bueno, vos ya sabés que yo no pienso cocinar nada. Compraré sanguchitos de pan integral que son los que le gustan y punto. Gracias si repaso la casa y saco las copas de mi abuela. A ver si esta vez podemos tener la fiesta en paz y sin bajas de cristalería.-
-Ya sé, mamá. Cocino yo, usamos las cazuelitas de barro y ya, tampoco vamos a ser tantos. Y yo limpio si querés. Además, la última copa que se rompió la estrellaste vos contra el piso cuando discutías que Jung fue superior a Freud. Te volvés loca con esas cosas y perdés toda noción social mínima. Por otro lado, ¿qué sentido tiene no usar las cosas? Me deprime mucho el hecho de saber que esas copas vinieron con mi bisabuela de Francia hace un milenio y que observan cómo todos nos vamos muriendo y ellas resisten el tiempo y la caducidad por sacar la cara dos o tres veces al año. Es un pensamiento triste que convierte la cristalería en cosas llenas de cinismo. No, hay que usarlas y que se vayan rompiendo.-
-¿Hoy no diste clases, no? Digo, porque se nota que necesitás pontificar algo, lo que sea, para cumplir tu cuota diaria de reflexión sobre cuestiones intrascendentes. Si hay más café servime una tacita, dale. Voy a llamar a sus primas que, por supuesto, no van a venir. Y a mi hermano, que tampoco. Yo cumplo, por si te pregunta. A Rodrigo y al resto de la gente la llamás vos, pero tiene que ser hoy, ¿me escuchaste? Podríamos decorar un poco la casa, se me ocurre. Y hacer una lista de tangos para poner de fondo-.
Malena sabe que en ese ‘podríamos’ está contenido el imperativo que va dirigido a ella. Siempre fue igual. El plural de la primera persona es para Madre el modo camuflado de dar órdenes sin que se note para que no la tachen de despótica. No lleva en sí la menor intención de colaborar con ese quehacer. Es como la palabra poética; se arroja al mundo para que el mundo haga algo con ella. El arrojante se desentiende en ese mismo acto.
-Sí, mamá. ‘Podríamos’. No te preocupes, yo llamo, hago el playlist y compro guirnaldas y esas cosas. Podríamos matizar un poco la cuestión del tango. Ya me cagaron la vida con el nombre, seamos más originales por una vez. ¿Mi hermana va a venir?-.
-No me hables de tu hermana. No sé nada hace días, ni un mensaje, ni un facebook, nada. Y no es que labure doce horas. Igual, la entiendo. Tener chicos te trastoca todo. Seguro que vienen, aunque sea un rato. Le mando un remis, de última. Cómo no van a venir. Sí, seguro que se pasan unas horitas-.
-Ya. Seguro. Bueno, hablo con ella para comprarle algo juntas. Me refiero a comprarle algo yo y regalárselo en nombre de las dos. En realidad es al pedo que le diga nada, compro el regalo y listo, total, seguro que los enanos le hacen algún dibujo al abuelo que le hará caer los mocos de la emoción, con eso basta. Es alucinante que cuatro palitos y tres garabatos hagan llorar a un hombre de setenta años que se dedicó a la política. En fin, no soy abuela, claro. No me respondas lo obvio, te pido-.
-No iba a decir nada. ¿Ves cómo sos? Hija, tenés que estar menos a la defensiva, es por tu bien. La neurosis paranoica y la pulsión culposa no te están ayudando mucho. Tenés que trabajar sobre eso, ya te lo dije-.
Malena siente cómo las chispitas van creciendo adentro, quemando cada vez más. Sabe también que cauteriza rápido porque, a fuerza de escuchar lo mismo reiteradamente, la ebullición dura menos y se controla. Cuando Madre le dice estas cosas le atrae mucho observarse y ver cómo en un mismo momento se puede amar y odiar tanto a una persona. Y cómo ella es capaz, o ha logrado, hacer prevalecer el control de la ebullición sanguínea por sobre el instante de odio matricida que la desborda.
-Mami, qué rico café. Sale mejor en esa cafetera cool que te regaló esa paciente. Sos re top, mami. ¿Puedo ser tu hija?-.
Los años no le vinieron solos a Malena y ahora sabe qué cuerdas tocar para que Madre se relaje un poco y suelte la bolsita de veneno que la protege. El humor entre ellas es otro nombre de la ternura. Un escondite en el cual se da el entendimiento aunque más no sea de manera efímera. Una cueva que las contiene a ambas en simultáneo, que les tapa la luz molesta de las verdades dichas a destiempo.
-¡Me hiciste reír, estúpida! Escuchame, sé que no vas a hacer ni la mitad de las cosas que dijiste. Sé también que mañana me vas a mandar un whatsapp para decirme que se te complicó todo, que no podés llamar a Rodrigo ni a esa gente, que llame yo. Que probablemente no puedas hacer más de un plato y que lo mejor es que compremos empanadas además de sanguchitos y que me pase por la casa de cotillón para ver qué hay. También sé que vas a traer la música y la torta, hecha con bizcochuelo de caja o no quiero saber, mejor. Y que hablarás con tu hermana para convencerla de que traiga a los nenes aunque sea unas horitas, que seguro hasta le dejás plata para el remis. Así que andá a la reunión, no te retrases, así podés leer cuando llegues y limpiar un poco. Llevate este chocolate que compre confundida, es con almendras y a mí no me gusta.-
Malena sabe, sabe con toda la posibilidad de certeza que cabe en un cuerpo, que Madre tiene razón. Que va a ser todo tal cual y que así debe ser porque así fue siempre. Ruinas circulares. Apura el fondo de café que le queda y decide hacerle caso e irse. Entonces, desde la silla en la que está sentada, desde un espacio que le es familiar y ominoso al mismo tiempo, se dispone a dar un heroico tijeretazo a ese cordón umbilical flexible, maleable, casi inmortal como de superhéroe y dice:
-Mamá, ¿por qué no te vas un poco a la mierda?-.
Se levanta rápido, manotea su tríada de celular, llaves, tabaco, las listas mal escritas y el chocolate y empieza a irse. Madre le chista bajito, como un pájaro pequeño. Malena se da vuelta. Se miran fuerte, muy fuerte por un instante… y se sonríen. Atraviesa el portal y sale a la calle. Las dos saben que la fiesta va a estar buenísima.

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