yo, que quería ser Lovecraft

‘los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecen lo que parecen sólo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo’.

supongo que cuando Lovecraft escribió esto lo hizo llevado por una suerte de hartazgo monumental de ese ‘prosaico materialismo de la mayoría’ que, claro está, siempre pertenece a una mayoría circundante, propia, recortada. donde quizás otros perciban una aguda hermenéutica de su parte, yo percibo una bronca visceral, una puteada enmudecida por las formas de la palabra que violentan la violencia misma en un giro de paradoja sanguínea. la ‘amplia mentalidad’ de la que habla Howard es posiblemente lo que hoy llamaríamos alternativo, políticamente incorrecto, hasta cínico. cuando dice que ‘el pensamiento humano […] es quizá el espectáculo más divertido y más desalentador del globo terráqueo’ está desvelando para nosotros -los que venimos después, los que siempre estamos viniendo- un campo de batalla emocional en permanente contradicción, y en perfecta consonancia con nuestro tiempo; una especie de sucucho de libertad para la neurosis. su gestión del horror cósmico lo llevó a una cornisa casi trascendentalista desde la cual pudo otear todo aquello que no es humano precisamente porque parece profundamente humano. y allí, apalancado por el viento de los bordes, dijo que ‘el mundo es cómico, pero la broma es para la humanidad’. hay en la risa, incluso en las comisuras que se arrugan previamente, un refugio para la maldad, un escondite para esos venenos que se van diluyendo en el torrente sanguíneo de la normalización y la sociabilidad. el mal externo del que nos habla sólo puede -luego de infundir terror, angustia y consciencia de muerte- provocar risa. una risa nerviosa, neurótica, ridícula que contiene esa dosis de veneno salvífico que pugna por salir y diseminarse. porque así es como se sobrevive a la existencia. cuando Michel Houellebecq dice que al leer sus textos siente que ‘no sabía que la literatura podía hacer eso. y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. hay algo en Lovecraft que no es del todo literario’ está identificando esa indecibilidad del misterio, esa inefabilidad de la violencia y del mal que es la puteada más grande y orgánica que pueda existir.

yo quiero putear como vos, Howard. yo quiero… pero, como tantas otras cosas, no me sale…

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