aniversario

el otro día (en una conversación de esas pocas con péndulo; de las que se mueven elegantes y autosuficientes entre los vaivenes de lo elevado y el maravilloso polvo de lo trivial) dije que hablar del espacio es casi como hablar del movimiento y que, en realidad, eso no es más que hablar del tiempo. se lo robo a Bachelard, está claro, porque en cada divague que más o menos valga la pena siempre está involucrado -como una condena geográfica- un filósofo francés.

hoy cumplo años y en ese acto paso una barrera que me permite nadar entre ciertas obviedades y tautologías por el simple hecho de que me voy convirtiendo cada vez más en una suerte de testigo de la memoria, de guardiana del recuerdo. ya han pasado muchas cosas, no todas, pero sí un cúmulo de cierta entidad que reclama su lugar a la manera proustiana, que exige la ocupación de un territorio profundo y fértil sobre el cual sostener los fotogramas del presente porque el futuro- oh, el futuro- no es más que la imposibilidad del ocurrir. ave, melancolía.

el tiempo, entonces, esa cosa indecible y filosa que va cortando la carne y cicatrizando el alma, produce sus epifanías de calendario evidentes pero a la vez se escurre de toda razón porque nunca deja, no puede, de ser lo que se estrella una y otra vez contra la realidad de la existencia. y, sobre todo, lo que esquirla violentamente los huecos de la posibilidad de la ausencia, de lo que se pierde. estuve, en este tiempo, ante esa posibilidad aún en el grito extremo de la pulverización que es la muerte. y mirándome las arrugas y detectando incluso lo que hay de belleza en que se te vaya cayendo el culo, no puedo más que linkear todo eso que llamamos burdamente vida con el único envase que le cabe, con el único envoltorio que nos permite la ilusión del conocimiento y la autoconsciencia: la memoria.

Zambrano dice que la memoria es al cuerpo lo que la poesía a la vida, es decir, la única manera posible de estar en el mundo, de ser un viviente ante la muerte. y decir la vida, parece, es lo que nos queda como pausa, como epojé ante el tiempo y su pulsión engañosa e insolente y oculta a plena luz del día. me gusta pensar la memoria como la estructura de la posibilidad, como el cristal de aquella copa que contiene el líquido rojo de lo que pasa por la experiencia y que, precisamente por la mediación de su esmerile, nos permite verlo, dimensionarlo. porque, como dice Nick Cave, siempre estamos volviendo a los espacios transitados que nos hicieron felices para poder reproducirlos mejor, para aggionarlos con nuevos amores y texturas y jirones de futuro.

pienso que guardiana de la memoria podría estar bueno como bio de tuiter pero prefiero reservármelo para esta revolución solar, para apuntalar todo lo que he hecho conmigo hasta aquí, es decir, lo que único que soy, y que eso lubrique el pestillo de mi ballesta arrojada hacia adelante, hacia la nada, hacia la muerte, hacia el colmillo del tiempo que, espero, me lacere y me rompa y me haga sangrar mucho más.

‘Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor’.

Alejandra Pizarnik

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