luciferinas

 

qué tristeza morirme

sin haber visto todas las catedrales del mundo, pienso,

mientras una cerveza barata se calienta en la mesa

y todas las caras van tomando la forma del infierno

porque sólo hay tiempo para eso.

levanto los ojos del piso de damero que me come

y puede que sea la primera vez que las veo así, luciferinas.

no son el infierno, me digo,

son el reverso del brazo condenatorio de la luz.

tienen manos grandes como pinzas

porque están del otro lado del mar y lo saben todo.

tan grandes como para contener el hueco de ese bar infernal

y esperar a que pase la certeza de que nunca podré salir.

mientras ellas observan, hago pases de magia

para no ver las flores muertas que en realidad

son totales blancos; jazmines que yo veo grises.

el tiempo no es más que la existencia de la muerte

y pasa y ya no recuerdo.

sólo sé que el damero se achica

y una luciferina estira el brazo

y me dice vamos a la catedral.

me vuelve el cuerpo y no,

me resisto a que sean tan hermosas,

a que tengan el poder de salvarme.

salimos. el aire del mar llega de lejos y condena la tristeza.

ya son tuyas, me dice, poneles nombre para siempre.

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