Un poco de amor

Vengo militando en contra de la anti-navidad desde hace días. ¿Qué les pasa? Supongo que desconozco todavía los cruces vitales que hacen traspasar las barreras del cinismo y te instalan en el planeta sin agua de la imposibilidad. Y lo dice una cínica, fijate. Quizás no sea más que el apego a un momento trascendente del año que se dimensiona en clave profunda cuando estás muy lejos de todo. O la tendencia natural a darle entidad a una construcción propiciatoria de la celebración, de cierto regocijo que se escapa de la represión ante tanto sketch y simulacro.
La navidad tiene algo que ver con el amor, haya fe o no. Y el amor tiene algo que ver con vos, los digas o no. El amor es la neurosis más añeja; o es el sistema que no envejece nunca. Love goes on and on, aunque dudes. Y ‘la fe es la capacidad de soportar la duda’, dijo Kierkegaard. Entonces la fe y la duda también tienen que ver con el amor. Y al amor hay que bancarle los trapos aunque estén extrapolados de Santa Clauses rojococacola y renos imposibles, porque está ahí, porque te habla en tus otros, porque te junta.
[¿Hay un amor más grande que el haberse hecho carne? Tenés razón, dejame. Esos son mis amores].
I’ll have a blue christmas without you, dice Elvis, porque siempre hay alguien que falta. Poné tu amor ahí al menos. Trae las ausencias aunque te cagues de calor. Bancá un poquito de amor.
Porque esta noche vos y yo vamos a ser personajes del capítulo navideño de nuestra sitcom personal. Con algunos guiones repetidos, sí, pero también con alguna variación inevitable, un encuadre con un año más de tiempo. ¿Es que puede faltar ese capítulo? Ningún productor inteligente lo eliminaría. ¿Vos sos un productor inteligente?
Feliz Navidad, corazones. Y que el 2014 contribuya al buen funcionamiento del sistema aceitado del amor.


Cumpleaños

ArtDeco

-Hoy es un día eterno-, pensó Malena frente al espejo, como se piensa cuando se trata de entender el imperio romano o la construcción de una catedral. La incomprensión de la posibilidad hace que todo pese mucho. Malena es una mujer coqueta. Se arregla con esmero, se detiene en los detalles, está convencida de que, sin un sentido estético, la vida no vale tanto ser mirada. Hoy es imperativo que ese esmero sea mayor. Necesita de todos sus recursos para afrontar el día y sentirse linda es uno de ellos, es su bastón narcisista.
Las mujeres saben que están particularmente guapas cuando pasan dos cosas: cuando en la calle las miran mucho otras mujeres y cuando, en situaciones de cierta aglomeración humana, la gente les hace lugar para que pasen. Son instancias imperceptibles, de una duración ínfima pero muy concreta. Ambas manifiestan una reacción ante el poder de un mensaje estético. Es casi como una reverencia involuntaria; la prueba de que el capital erótico existe y tiene siempre algo que decir.
Malena no es guapa, es atractiva. Esa categoría benevolente en la que cabe todo: el cuerpo, la mirada, los gestos, la manera de caminar, la ropa. La voz y la actitud terminan de dar forma a ese objeto de deseo en el que nos convertimos cuando somos mirados. Muchos agradecen la existencia de esa categoría como una suerte de dispositivo justiciero que equilibra un poco el reparto de riquezas.
Malena sabe que, en la explotación sabia de sus propios recursos, Madre tiene mucho que ver. No por haber hecho una pedagogía de ello, sino por el simple hecho de verla vivir. En realidad, Malena sabe muy bien que gran parte de lo que es se lo debe a Madre, es su primer gran espejo, su punto de referencia a pesar de ella, de ambas, a pesar de todo.
Malena vive a veinte minutos de su antigua casa, lo que provoca que se haya convertido en una prestidigitadora de excusas cuando de no ir a ver a Madre se trata. Es una experta en inventar historias y trabajar la verosimilitud, podría hacer un taller de coaching sobre eso. Y está convencida, por supuesto, de que Madre le cree todo. Como hoy.
El cumpleaños de Padre es inminente y tiene que pasar a verla para organizar la fiesta. Le dijo que tiene una hora solamente, que la tarde es una locura, que encabeza una reunión en el trabajo y sin ella no pueden empezar, que el viaje. Llorar la lágrima de la aceleración, su especialidad. Claro que en realidad tiene casi toda la tarde libre. A la reunión no piensa ir, sabe que todos van a desertar por lluvia o tránsito, tiene que leer pero solo puede hacerlo bien de noche así que no califica como ocupación diurna, limpiaría un poco el departamento pero no, piensa convivir hasta el sábado con esa mugre que todavía está en fase tolerable. En fin. Podría quedarse con Madre la tarde entera; cebarle mates, contarle cosas chiquitas, microrelatos de su vida, preguntarle cómo va con sus cursos, si salió con ese tipo que la mira con la misma cantidad de lascivia que de ternura. Pero hoy no. Hoy será como siempre. Mantendrán un grado de cordialidad filial aceptable, hablarán de la salud de Padre, de cómo necesita llamar su atención porque todavía está enamorado de ella, de que ella ya pasó por todo y no quiere nada. Harán listas, planes imposibles de cumplir, tomarán café fuerte y Malena saldrá expulsada por la premura de su tarde en colapso, saludando a Madre desde la puerta, con la mano, evadiendo el beso y el contacto.
-Mamá, abrime, soy yo-.
-Voy hija, dame un segundo que estoy hablando con tu padre-.
Malena piensa en las ruinas circulares. Esa imagen que tan bien representa su pasado familiar y a veces un atisbo de futuro. La repetición de las situaciones que giran sobre sí mismas como testigos de una historia rota pero no condenada. Lo circular le da esperanza, Malena es voluntariosa.
-¿Qué dice papá? No, dejá. No me contestes. ¿Hay café hecho?-.
-Sí, hija. Como siempre que me decís que venís. ¿Te quedás un rato, no?-.
-Mami, ya te dije. Tengo una reunión, tengo que leer, tengo que limpiar el departamento antes de que empiece a ponerle nombre a las pelusas. Seamos prácticas. Trae el cuaderno y empecemos a hacer la lista de las cosas que hay que comprar, los invitados, todo. La torta la hago yo, obvio. Y con chocolate, que a papá le encanta. Como a vos no te gusta, no la comés y listo-.
-Pero si la vas a hacer, hacela. No compres la cajita esa para hacer el bizcochuelo y me obligues a mentir cuando la gente me pregunte si es verdad que la torta la hizo mi hija. Yo te cubro igual, ¿eh? Pero avisame-.
-A ver, si vas a mentir de todos modos, ¿en qué te cambia saber si el bizcochuelo lo hice yo o no? No te doy esa información y listo. Para qué mentir-.
-Ay, hija, qué mal te hizo la Universidad Católica. Todavía no entiendo muy bien por qué elegiste estudiar ahí. La mentira siempre es útil. De hecho, hay pocas cosas más utilitarias que la mentira. Lo que ocurre es que, como todas las cosas interesantes de esta vida, la mentira exige cierta elegancia y en eso, mi vida, la herencia no te ha favorecido mucho.-
En Malena se empieza a activar ese dispositivo doble que conoce muy bien. Por un lado, se autoimpone una anestesia ante los dardos maternos pero, por otro, no puede evitar que cada uno de ellos la friccione sacándole pequeñas chispitas como si las palabras fueran una soldadora vieja que todavía funciona bajo presión.
-Bueno, vos ya sabés que yo no pienso cocinar nada. Compraré sanguchitos de pan integral que son los que le gustan y punto. Gracias si repaso la casa y saco las copas de mi abuela. A ver si esta vez podemos tener la fiesta en paz y sin bajas de cristalería.-
-Ya sé, mamá. Cocino yo, usamos las cazuelitas de barro y ya, tampoco vamos a ser tantos. Y yo limpio si querés. Además, la última copa que se rompió la estrellaste vos contra el piso cuando discutías que Jung fue superior a Freud. Te volvés loca con esas cosas y perdés toda noción social mínima. Por otro lado, ¿qué sentido tiene no usar las cosas? Me deprime mucho el hecho de saber que esas copas vinieron con mi bisabuela de Francia hace un milenio y que observan cómo todos nos vamos muriendo y ellas resisten el tiempo y la caducidad por sacar la cara dos o tres veces al año. Es un pensamiento triste que convierte la cristalería en cosas llenas de cinismo. No, hay que usarlas y que se vayan rompiendo.-
-¿Hoy no diste clases, no? Digo, porque se nota que necesitás pontificar algo, lo que sea, para cumplir tu cuota diaria de reflexión sobre cuestiones intrascendentes. Si hay más café servime una tacita, dale. Voy a llamar a sus primas que, por supuesto, no van a venir. Y a mi hermano, que tampoco. Yo cumplo, por si te pregunta. A Rodrigo y al resto de la gente la llamás vos, pero tiene que ser hoy, ¿me escuchaste? Podríamos decorar un poco la casa, se me ocurre. Y hacer una lista de tangos para poner de fondo-.
Malena sabe que en ese ‘podríamos’ está contenido el imperativo que va dirigido a ella. Siempre fue igual. El plural de la primera persona es para Madre el modo camuflado de dar órdenes sin que se note para que no la tachen de despótica. No lleva en sí la menor intención de colaborar con ese quehacer. Es como la palabra poética; se arroja al mundo para que el mundo haga algo con ella. El arrojante se desentiende en ese mismo acto.
-Sí, mamá. ‘Podríamos’. No te preocupes, yo llamo, hago el playlist y compro guirnaldas y esas cosas. Podríamos matizar un poco la cuestión del tango. Ya me cagaron la vida con el nombre, seamos más originales por una vez. ¿Mi hermana va a venir?-.
-No me hables de tu hermana. No sé nada hace días, ni un mensaje, ni un facebook, nada. Y no es que labure doce horas. Igual, la entiendo. Tener chicos te trastoca todo. Seguro que vienen, aunque sea un rato. Le mando un remis, de última. Cómo no van a venir. Sí, seguro que se pasan unas horitas-.
-Ya. Seguro. Bueno, hablo con ella para comprarle algo juntas. Me refiero a comprarle algo yo y regalárselo en nombre de las dos. En realidad es al pedo que le diga nada, compro el regalo y listo, total, seguro que los enanos le hacen algún dibujo al abuelo que le hará caer los mocos de la emoción, con eso basta. Es alucinante que cuatro palitos y tres garabatos hagan llorar a un hombre de setenta años que se dedicó a la política. En fin, no soy abuela, claro. No me respondas lo obvio, te pido-.
-No iba a decir nada. ¿Ves cómo sos? Hija, tenés que estar menos a la defensiva, es por tu bien. La neurosis paranoica y la pulsión culposa no te están ayudando mucho. Tenés que trabajar sobre eso, ya te lo dije-.
Malena siente cómo las chispitas van creciendo adentro, quemando cada vez más. Sabe también que cauteriza rápido porque, a fuerza de escuchar lo mismo reiteradamente, la ebullición dura menos y se controla. Cuando Madre le dice estas cosas le atrae mucho observarse y ver cómo en un mismo momento se puede amar y odiar tanto a una persona. Y cómo ella es capaz, o ha logrado, hacer prevalecer el control de la ebullición sanguínea por sobre el instante de odio matricida que la desborda.
-Mami, qué rico café. Sale mejor en esa cafetera cool que te regaló esa paciente. Sos re top, mami. ¿Puedo ser tu hija?-.
Los años no le vinieron solos a Malena y ahora sabe qué cuerdas tocar para que Madre se relaje un poco y suelte la bolsita de veneno que la protege. El humor entre ellas es otro nombre de la ternura. Un escondite en el cual se da el entendimiento aunque más no sea de manera efímera. Una cueva que las contiene a ambas en simultáneo, que les tapa la luz molesta de las verdades dichas a destiempo.
-¡Me hiciste reír, estúpida! Escuchame, sé que no vas a hacer ni la mitad de las cosas que dijiste. Sé también que mañana me vas a mandar un whatsapp para decirme que se te complicó todo, que no podés llamar a Rodrigo ni a esa gente, que llame yo. Que probablemente no puedas hacer más de un plato y que lo mejor es que compremos empanadas además de sanguchitos y que me pase por la casa de cotillón para ver qué hay. También sé que vas a traer la música y la torta, hecha con bizcochuelo de caja o no quiero saber, mejor. Y que hablarás con tu hermana para convencerla de que traiga a los nenes aunque sea unas horitas, que seguro hasta le dejás plata para el remis. Así que andá a la reunión, no te retrases, así podés leer cuando llegues y limpiar un poco. Llevate este chocolate que compre confundida, es con almendras y a mí no me gusta.-
Malena sabe, sabe con toda la posibilidad de certeza que cabe en un cuerpo, que Madre tiene razón. Que va a ser todo tal cual y que así debe ser porque así fue siempre. Ruinas circulares. Apura el fondo de café que le queda y decide hacerle caso e irse. Entonces, desde la silla en la que está sentada, desde un espacio que le es familiar y ominoso al mismo tiempo, se dispone a dar un heroico tijeretazo a ese cordón umbilical flexible, maleable, casi inmortal como de superhéroe y dice:
-Mamá, ¿por qué no te vas un poco a la mierda?-.
Se levanta rápido, manotea su tríada de celular, llaves, tabaco, las listas mal escritas y el chocolate y empieza a irse. Madre le chista bajito, como un pájaro pequeño. Malena se da vuelta. Se miran fuerte, muy fuerte por un instante… y se sonríen. Atraviesa el portal y sale a la calle. Las dos saben que la fiesta va a estar buenísima.


inicio del viaje

están las palabras viejas, las adecuadas en su semia, adaptadas desde lejos a la correspondencia arbitraria de nuestra voluntad; están las torpes, las que sacuden los brazos intentando ubicarse a través de puntos cardinales desfasados, borrosos, que se escapan del mapa orográfico del sentido; están las adolescentes, caprichosas y cínicas de a poco ante la adultez del horizonte que nunca llega, crueles, sí, también más limpias e insidiosas; están las palabras graves, las voces de esas manchas de seguridad adquiridas en los charcos de la experiencia, salpicantes, sólidas, sin paraguas ni toallas porque resbalan ante todo; también están las que saltan, esos leds de alegría y futuro que bailotean siempre en ronda vestidas de blanco alrededor de la mugre, indiferentes a las otras, idas, desconectadas de la muerte; están las negras, las judías, las cristianas, las transgenéricas, las que postulan y pontifican sosteniendo historia y mundo, las aseverativas de ideas y militancias, miasmáticas como ladrillos de paradigma, inamovibles y destruidas a la vez; y están las palabras solas, protegidas de predicados y subordinadas, atentas y transversales, veloces como la transmisión de datos, eyectadas sin paracaídas, esas hacedoras de la lengua más primitiva, melaninas del huevo del mundo, quebradas y vueltas a nacer: las palabras mías, las tuyas, las que habitan la justicia de lo propio.

Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra por amor a las artes de la carne
pero también en serio
pensando en tu visita como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte y a la vida,
por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta como a nosotros este doble regalo que
te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco del vergonzante barro original,
la angustia y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza del huevo,
a plena luz, ligero y jubiloso, sólo un hombre:
la fiera vieja del nacimiento, vencida por las moscas, babeante y rebosante.

Pero vive y verás el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo, mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe,
llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir, tenemos todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos ya a los diez años más intesamente;
los deseos entonces se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante,
el sueño que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo eras el rey, la reina, tus secuaces, el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz,
la nostalgia de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico, llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja, te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues a salto de ojo,
inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,
impecablemente vestido,
con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo como quien vuelve a su país de origen después de un viaje interminable corto de revivir, largo de relatar,
te espera en tí la muerte, tu esqueleto con los brazos abiertos,
pero tu la rechazas por un instante,
quieres mirarte larga y sucesivamente en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes vas y vienes de negro,
al trote,conversando contigo mismo a gritos, como un pájaro.
No hay tiempo que perder, eres el último de tu generación en apagar el sol y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas parte dando vueltas en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves con los bolsillos llenos de tesoros absurdos: guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar a muerte con la muerte y te entregas a ella, a un sueño sin salida, más blanco cada vez, sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya: aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra por amor a las artes de la carne pero también en serio,
pensando en tu visita
para ti o para nadie.

Enrique Lihn. ‘Monólogo de un padre con su hijo’. La pieza oscura. 1963.

[hermosa cortesía de @fander, gracias Jorge]