Payaso

no voy a contar mi experiencia con las drogas. tampoco cuál es mi opinión con respecto a la música electrónica; ni siquiera qué pienso acerca de lo que es o no una fiesta. nada de todo esto reviste interés fuera del constructo de autoridad ‘qué me vas a venir a contar, yo lo viví’ o fuera de la narratividad de una crónica bien hecha -que construye sentido a partir de la experiencia-, cosa que me queda grande. sí propongo un paseo, al menos oblicuo, por algunos de los enfoques que he leído estos días sobre el tema (las dos notas de Alan Ojeda en ArteZeta, la entrada del blog de Daniel Link del 19 de abril, el post de Juan Sklar del 20 de abril o la nota de Enzo Maqueira de hace algún tiempo en Anfibia) como para dar con un mix crítico de cierta versatilidad; consecuencia directa de las mirillas a través de las cuales cada autor configura un inevitable recorte del paisaje.

es posible, y altamente deseable desde una interpelación crítica, que no se esté de acuerdo con todo lo que allí se propone, pero sí ocurrirá que en todos y cada uno de los textos el lector encuentre núcleos de identificación emocionales (y, por tanto, ético-políticos) que integrará con mayor o menor conflicto al edificio de su propia doxa. y aquí es donde suspendo el juicio, donde opero por fuerza un dispositivo de epojé, porque la doxa como tal es quizás uno de los objetos que más ocupa nuestra violencia diaria, nuestro margen de oprobio individual y colectivo; es un componente capital del hartazgo. lo que perdemos de vista es que no hay construcción de ciudadanía sin doxa. el sofismo, la hermenéutica tergiversada y la opinología como hija autoreproducida del ‘síndrome del panelismo’ actual son perversiones de la doxa, entendida ya desde hace muchísimo tiempo como la hibridación entre la episteme y la afectividad. en un mundo poshumanista como este, la doxa es el tejido intelectualizado mediante el cual integramos los fenómenos de la realidad a nuestro sistema cognitivo, es la vuelta de tuerca del impulso inexorable de la interpretación que nos permite, una vez gramatizado y ubicado, asimilar el fenómeno a nuestro campo simbólico cultural.

la doxa sería, entonces, no sólo una opinión, sino el resultado de un proceso de integración discursiva que culminará en la construcción de un pensamiento sobre un determinado fenómeno a través de la propia subjetividad. más que somos lo que opinamos, es somos lo que pensamos. y pensar lleva tiempo. y trabajo, que es tiempo. y construir ciudadanía lleva todo eso, más otro poco de tiempo. pero, ¿qué es el tiempo si no una forma del modo? la contingencia y la mutación de los modos configuran hoy mucho más el recorte que hagamos del mundo que cualquier enunciado ontológico al que nos hayamos acostumbrado. el conflicto no está en construir la propia doxa e, inevitablemente, contribuir a la construcción de la doxa colectiva. el conflicto está en cómo hacemos eso, en el modo de integración y enunciación de los fenómenos.

la coherencia es en nuestros días poco más que un payaso ridículo que practica su número en un rincón y al que nadie presta mayor atención, es el rostro de lo que ha sido abandonado pero que sigue siendo objeto de nuestras miradas; sabe que estamos ahí, que le salpica el polvo de nuestros pasos. si pido libertad, no puedo desentenderme del papel del Estado; si exijo control, no puedo ignorar el impacto sobre la libertad; si entiendo el funcionamiento del sistema, no puedo idealizar los mecanismos; si demando legítimamente el fortalecimiento de la democracia, no puedo navegar las turbias aguas de la ingenuidad en un barquito de papel libertario. porque las consecuencias de seguir pasando por al lado del payaso coherente detonan directo sobre la soberanía de la doxa propia y, acto seguido, lo hacen sobre la colectiva; es decir, la indiferencia acerca de la coherencia -el modo de construcción de pensamiento- no es la piedra que lapida aquella doxa espectacularizada que nos harta, es la primera piedra lanzada contra nosotros mismos.

entonces me asalta una posibilidad -oh, la posibilidad-. la obviedad de entender que el modo de vida colectivo es emanación del modo de la propia subjetividad; es correlato, no ficción objetivada; es la manera en la que contamos y nos contamos los fenómenos en una narratividad que no es soberana per se, es soberana porque es ciudadana y es ciudadana porque nos tomamos el trabajo y el tiempo de configurar el pensamiento, de intentar ser lo que pensamos. no lanzo la piedra contra la contradicción, el error, el quiebre; no hay modos de la humanidad que no sean esos, no nos hacen interesantes ni especiales, son inescapables. lanzo el modo ‘coherencia’ del pensamiento como un intento de estar en el mundo porque, ¿qué es la posibilidad si no la pulsión misteriosa del intento?

y, como siempre, voy a la poesía como un modo y encuentro que hay unos versos de César Fernández Moreno que dicen: ‘quiere saber si ha triunfado en la vida, pregúntese si su presencia era una fiesta para los otros’. y creo que sí, que se puede hacer del pensamiento un modo de la fiesta. para uno y para los otros. un ritmo, una pastilla, una madrugada. una droga más que nos alucine, que nos muestre el payaso y que nos haga maquillarnos lisérgicamente con él.

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La adecuación del amor

‘el amor no es más que la adecuación insuficiente del otro en mí’.

Emmanuel Lévinas

es una mañana hermosa, de esas que deberían ser permanentes, ancladas. esta luz me encuentra una vez más leyendo. creo que en estas semanas leí como hacía tiempo que no lo hacía. tengo la suerte de ser lectora de personas talentosas y capaces pero sobre todo auténticas, alejadas de los manifiestos y las normativas, de las gramáticas muertas; vecinas de la emoción que atraviesa y que por encontrarse con esa libertad insufla en la inteligencia la capacidad de decir y decirse. sin embargo, a veces ser testigos no es suficiente y hay que arremangarse para poder también decirnos con los otros porque la palabra del otro, aunque nos contenga, navega siempre en la imposibilidad de precisarnos. por suerte.

encuentro, entonces, que para decirme en estos días, para decir algo que precise mis aristas de algún modo, tengo que hablar del amor. del amor que ha sido usado como figura de campaña, de la noción del amor instrumentalizada, como una pinza de mangos gastados de tanto dar vuelta las tuercas. y veo que la banalización descarnada del amor viene de un solo lado, del lado que nos propone ver la realidad -y por tanto vernos- como individuos que habitan la superficie de un mundo que puede cambiar y arreglarse con una sonrisa y un globo amarillo porque en el fondo somos muy poco, somos criaturas atomizadas y simples que pueden construir su vida sobre la satisfacción efímera de sus pulsiones. y si esto es así, si se verifica en la realidad como ya lo hemos hecho si queremos acordarnos, resulta que nos pega en la cara la certeza de que sobre lo efímero sólo se construye una parte ínfima de la subjetividad. el resto de las partes, las más importantes, las que nos hacen lo que somos, quedan abandonadas, entonces no pueden cruzarse con otras subjetividades, no tienen con qué. ahí es donde el bien común desaparece y nos explota adentro y afuera, nos estalla un país. no hay nada común que pueda construirse sobre lo efímero de la satisfacción. eso no es amor, eso es un Narciso disfrazado de cordero que jamás va a renunciar sus banderas y que no sabe nada de la entrega.

del otro lado hay otra cosa. pero la hay definitivamente, de manera real y concreta. del otro lado hay una noción de un otro, de una otredad que está destinada a cruzarse, a aparearse profundamente con las otras otredades, a vincularse con ellas de todas las formas posibles porque no puede hacer otra cosa. es constatar lo que es y estar en el mundo a partir de eso. es pertenecer a una historia de otredades cruzadas, de generación de espacios vitales para que eso ocurra. si existe, entonces, la consciencia del otro ya no hay lugar para la satisfacción efímera, recortada y amarrocada para sí. en esa consciencia se juega ya la satisfacción del otro tanto como la mía, se juega la necesidad de construir algo que perdure, un puente constante y mantenido entre nosotros y los otros para que podamos seguir cruzándonos y para que los que vienen tengan donde caminar. ¿es eso el amor? no necesariamente, no lo sé tampoco. pero sí sé que es una forma del amor. de un amor que es susceptible de ser instrumento pero que no es instrumentalizado. de un amor que no nos pone en un lugar de poquedad y pequeñez, que no nos distorsiona, que nos hace grandes. de un amor más… adecuado.

lo cierto es que no me importan tanto las figuras que hoy representen un lado y el otro. son eso, figuras humanas que desempeñan hoy esa función histórica como todos representamos la nuestra cada día. sí me importa lo que llevan consigo que es en definitiva lo que nos van a dejar. y llevan consigo dos formas del amor claramente opuestas, dos nociones del otro (que es la razón total de la existencia del amor) contrapuestas, diferenciadas. poder trascender lo figurativo es quizás una de las cosas más complejas que haya, pero necesito invitar(nos) a hacerlo, a entender lo que es de verdad el sustento de la Historia, lo que construye y lo que destruye, la forma del amor que está detrás de cualquier máscara que elijamos ser.

siempre fui peronista precisamente por eso. porque más allá de Perón y de Eva, más allá de Néstor y Cristina, hay una noción de la otredad que construye una tradición histórica instalando un loop en el que si veo al otro me veo a mí y eso hace que NOS veamos juntos. hay una forma del amor que dista profundamente de ser aquella que lo pueda definir, de ser totalizadora y perfecta, pero que es sin dudas mucho más… adecuada.

no somos simples y pequeños. no queremos ni podemos darnos el lujo de que nos distorsionen el amor y nos rompan adentro y afuera. somos siempre el otro del otro y nos necesitamos. por eso el domingo voto a Scioli.


aniversario

el otro día (en una conversación de esas pocas con péndulo; de las que se mueven elegantes y autosuficientes entre los vaivenes de lo elevado y el maravilloso polvo de lo trivial) dije que hablar del espacio es casi como hablar del movimiento y que, en realidad, eso no es más que hablar del tiempo. se lo robo a Bachelard, está claro, porque en cada divague que más o menos valga la pena siempre está involucrado -como una condena geográfica- un filósofo francés.

hoy cumplo años y en ese acto paso una barrera que me permite nadar entre ciertas obviedades y tautologías por el simple hecho de que me voy convirtiendo cada vez más en una suerte de testigo de la memoria, de guardiana del recuerdo. ya han pasado muchas cosas, no todas, pero sí un cúmulo de cierta entidad que reclama su lugar a la manera proustiana, que exige la ocupación de un territorio profundo y fértil sobre el cual sostener los fotogramas del presente porque el futuro- oh, el futuro- no es más que la imposibilidad del ocurrir. ave, melancolía.

el tiempo, entonces, esa cosa indecible y filosa que va cortando la carne y cicatrizando el alma, produce sus epifanías de calendario evidentes pero a la vez se escurre de toda razón porque nunca deja, no puede, de ser lo que se estrella una y otra vez contra la realidad de la existencia. y, sobre todo, lo que esquirla violentamente los huecos de la posibilidad de la ausencia, de lo que se pierde. estuve, en este tiempo, ante esa posibilidad aún en el grito extremo de la pulverización que es la muerte. y mirándome las arrugas y detectando incluso lo que hay de belleza en que se te vaya cayendo el culo, no puedo más que linkear todo eso que llamamos burdamente vida con el único envase que le cabe, con el único envoltorio que nos permite la ilusión del conocimiento y la autoconsciencia: la memoria.

Zambrano dice que la memoria es al cuerpo lo que la poesía a la vida, es decir, la única manera posible de estar en el mundo, de ser un viviente ante la muerte. y decir la vida, parece, es lo que nos queda como pausa, como epojé ante el tiempo y su pulsión engañosa e insolente y oculta a plena luz del día. me gusta pensar la memoria como la estructura de la posibilidad, como el cristal de aquella copa que contiene el líquido rojo de lo que pasa por la experiencia y que, precisamente por la mediación de su esmerile, nos permite verlo, dimensionarlo. porque, como dice Nick Cave, siempre estamos volviendo a los espacios transitados que nos hicieron felices para poder reproducirlos mejor, para aggionarlos con nuevos amores y texturas y jirones de futuro.

pienso que guardiana de la memoria podría estar bueno como bio de tuiter pero prefiero reservármelo para esta revolución solar, para apuntalar todo lo que he hecho conmigo hasta aquí, es decir, lo que único que soy, y que eso lubrique el pestillo de mi ballesta arrojada hacia adelante, hacia la nada, hacia la muerte, hacia el colmillo del tiempo que, espero, me lacere y me rompa y me haga sangrar mucho más.

‘Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor’.

Alejandra Pizarnik