Onírica

para Marie

soñé que estábamos al sol, rodeadas de caballos. uno de ellos tenía una guirnalda de flores unidas entre sí por un cordel naranja que, intuíamos, iba a ser muy fácil de cortar. cuando decidimos que era hora de irnos nos acercamos a su cuello y, en un movimiento seco, arrancamos la guirnalda que rápidamente te pusiste en la cabeza. nos reíamos poco pero fuerte.

no sé qué tomábamos; era algo caliente. me insistías con que me ibas a dar un libro de recetas añejo que tenías en tu casa para que lograra de una vez por todas abrazar el gusto por las berenjenas. no puede ser que ninguna de esas recetas te convenza, me decías, sos una tarada. te prometía que haría alguna si vos hacías mi budín de zanahorias y azúcar rubia para una tarde cualquiera de dibujos y amigas y almohadones. caminábamos.

me hablabas de tu cuerpo, de un cuerpo que era capaz de soportarlo casi todo, hasta las capelinas. te retorcías un poco al contarme el extrañamiento, el espejo que de repente se rompe y deja de funcionar, igual que un reloj. me mostrabas todos los libros -uno por día- y moviendo mucho las manos me decías cómo se te confundían un poco, tanto inglés y francés, tanta ilustración, tanta belleza. yo te hablaba de literatura, nerviosa, y de cómo leer es vivir y vivir es morir, siempre.

nos sentábamos en un banco que nos quedaba alto a las dos, nos colgaban las piernas y jugábamos. me mostrabas tu vestido y hablábamos de plata y de talleres clandestinos y de marcas y de cómo todo eso se relaciona de una manera ridícula con la poesía. sudabas ironías y construíamos jerarquías de sarcasmos que nos hacían reír. hablábamos mal de algunas gentes, coincidíamos en que a veces sufrir está muy bien, aunque -decíamos bajito- amar está mejor.

después de un rato largo, te llamaban y respondías que ya salías, que te esperen. te levantaste y te quedaste parada al lado mío todo el tiempo que te llevó decirme que duerma más, que dormir es abandonarse y que eso es confiar; que me deje de joder y publique algo de una vez, que pase de todo y diga lo que tenga para decir, que les sacuda el culo a los machos-editores y me haga cargo; que no existe eso que llaman lo correcto, que sólo existe la experiencia; que pase a buscar el libro de recetas.

te miré irte. estabas cansada y flaca pero el vestido te ondeaba de atrás con un aire casi voluptuoso, como de cámara lenta. sabía que te esperaban porque tus ojos siempre dijeron lo mucho que te han querido; a las personas amadas se les trasluce el sustento del afecto, se les notan las arrugas del cariño, se les ven las plumas. sabía que no iba a volver a verte pero no era importante. te diste vuelta, me saludaste y, en ese instante, te incardinaste toda la dignidad terrenal, finita y sin mayúsculas que pueda caber en una mujer. ya no te miré más.

me levanté del banco-hamaca y empecé a caminar manteniendo el ritmo continuado del vaivén que me dejaste. recordé entonces que habías metido en mi bolso la guirnalda de flores porque yo tengo mis pelucas, dijiste, llevatela vos. la agarré y fui arrancando una a una las flores hasta que quedó sólo la naranja. las guirnaldas no tienen sentido cuando se acaba la fiesta, se vuelven extrañas, ominosas. sin embargo, esa única flor se me hacía protectora, como las monedas fúnebres que los antiguos ponían en los ojos; me la quedaba para mí, un poco orgullosa.

lo último que recuerdo es que en la esquina de casa compraba cuatro berenjenas. las más grandes, las más brillantes.

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Para Horacio

estamos de acuerdo en que los antiguos, a falta de internet y drones, disponían de mucho tiempo para pensar; la contemplación, el ocio, el espacio interior como valores con gran piné en la jerarquía. desde mi idealización romántica ese ‘mucho tiempo’ es una imagen de gran belleza, pero lo cierto es que incluso el exceso tiene consecuencias que acaban con el amor. un caso es el de los Fastos de Horacio, en donde afirma que es una ridiculez el hecho de que el año nuevo no comience en primavera. bueno, Horacio. yo entiendo que la lógica del renacer, de la ‘vid preñada’ y de la inauguración de una nueva fase del tiempo es casi irreductible. pero convengamos en que tus quejas no son más que el resultado de disponer del tiempo excesivamente. porque, claro, del otro lado de tu mundo el año nuevo no empieza ‘con estos fríos impiadosos para la vida’, acá estamos asados por el fuego de un sol que así como engendra, mata.

sé que falta mucho para que aparezca la polifonía, el perspectivismo y el ‘habitar las multitudes del sentido’, pequeñas marcas de historia que vinieron a reescribirte la tradición, lo sé. y que no puedo juzgarte desde ellas porque las ucronías metodológicas nunca han llevado a nadie a buen puerto. pero intuyo que detrás de tu reclamo se esconde lo que se nos esconde un poco a todos: la duda; si algo puede ser de otra manera, ¿por qué sencillamente no lo es? y vengo a contarte que, a pesar de los siglos y la sustitución constante de seres humanos, en eso -en la duda- estamos parados al lado tuyo mientras escribís tu Arte Poética.

en los inescapables balances del año viejo, de ese pedazo de mundo que queda atrás constituyendo lo único que somos, memoria, nos situamos en aquello que no fue de una forma determinada, que nos acomodó el sopapo certero e indiscutible de la frustración. a veces nos preguntamos por qué, otras no llegamos más que a rascar la piel percudida de la resignación. la incertidumbre (negación de la exactitud de lo cierto) nos atraviesa para atrás y para adelante, como una flecha sin punta, sin diana en la que penetrar, sin herida evidente. y así, el pasado se nos retipea en un loop acompasado pero imparable, en una pantalla a la que le damos la espalda y de la que sólo nos llega un ademán refractario de luz. la duda de la existencia como verdadera duda existencial…

hace un rato tuitié un verso que le atribuí a Pedro Salinas porque él me lo inspiró y porque miento abiertamente cuando el resultado de la contaminación no me convence. algo parecido a lo que vos hiciste con el pánfilo de Virgilio cuando eras aún muy joven. ‘ser como un niño cada vez que algo termina, deshacerse de amor y de odio y volver al tiempo’, dice. ese tiempo corrido del que vos hablás, esa temporalidad out of joint que hace que el año nuevo no empiece en primavera es, ahora y desde esta textualidad mía, mucho más coherente que en el primer párrafo. porque sí, en nuestra conversación imaginaria, tenés razón: el tiempo no puede ser más que lo excesivo de la existencia.

felix sit annus novus, Horacio.


yo, que quería ser Lovecraft

‘los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecen lo que parecen sólo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo’.

supongo que cuando Lovecraft escribió esto lo hizo llevado por una suerte de hartazgo monumental de ese ‘prosaico materialismo de la mayoría’ que, claro está, siempre pertenece a una mayoría circundante, propia, recortada. donde quizás otros perciban una aguda hermenéutica de su parte, yo percibo una bronca visceral, una puteada enmudecida por las formas de la palabra que violentan la violencia misma en un giro de paradoja sanguínea. la ‘amplia mentalidad’ de la que habla Howard es posiblemente lo que hoy llamaríamos alternativo, políticamente incorrecto, hasta cínico. cuando dice que ‘el pensamiento humano […] es quizá el espectáculo más divertido y más desalentador del globo terráqueo’ está desvelando para nosotros -los que venimos después, los que siempre estamos viniendo- un campo de batalla emocional en permanente contradicción, y en perfecta consonancia con nuestro tiempo; una especie de sucucho de libertad para la neurosis. su gestión del horror cósmico lo llevó a una cornisa casi trascendentalista desde la cual pudo otear todo aquello que no es humano precisamente porque parece profundamente humano. y allí, apalancado por el viento de los bordes, dijo que ‘el mundo es cómico, pero la broma es para la humanidad’. hay en la risa, incluso en las comisuras que se arrugan previamente, un refugio para la maldad, un escondite para esos venenos que se van diluyendo en el torrente sanguíneo de la normalización y la sociabilidad. el mal externo del que nos habla sólo puede -luego de infundir terror, angustia y consciencia de muerte- provocar risa. una risa nerviosa, neurótica, ridícula que contiene esa dosis de veneno salvífico que pugna por salir y diseminarse. porque así es como se sobrevive a la existencia. cuando Michel Houellebecq dice que al leer sus textos siente que ‘no sabía que la literatura podía hacer eso. y, además, todavía no estoy seguro de que pueda. hay algo en Lovecraft que no es del todo literario’ está identificando esa indecibilidad del misterio, esa inefabilidad de la violencia y del mal que es la puteada más grande y orgánica que pueda existir.

yo quiero putear como vos, Howard. yo quiero… pero, como tantas otras cosas, no me sale…